Cuando el discurso y la experiencia no coinciden, la confianza empieza a romperse
Una organización puede tener una excelente estrategia de comunicación, redes sociales muy activas, campañas cuidadosamente diseñadas y voceros preparados para responder ante cualquier situación. Puede incluso contar con herramientas tecnológicas sofisticadas para mantener conversaciones permanentes con sus públicos. Sin embargo, todo ese esfuerzo puede perder valor cuando existe una distancia evidente entre lo que la organización dice y lo que realmente hace. Porque las organizaciones comunican incluso cuando no están hablando.
Una decisión de recursos humanos comunica. La manera como se atiende una queja comunica. El tiempo que tarda una institución en responder comunica. La forma como un directivo trata a sus colaboradores comunica. Un producto que no cumple lo prometido comunica. Incluso un silencio, cuando las personas esperan una explicación, puede convertirse en un mensaje.
Por eso, cuando hablamos de comunicación estratégica, quizás deberíamos mirar menos hacia lo que las organizaciones dicen y prestar mucha más atención a lo que sus públicos experimentan.
La promesa también comunica
Toda organización hace promesas, aunque no siempre las presente formalmente como tales. Una universidad promete una experiencia educativa, una empresa promete determinados niveles de servicio, una institución pública promete atención, una marca promete calidad y una organización social promete generar un impacto.
Esas promesas pueden aparecer en una campaña, en una página web o en un discurso institucional, pero adquieren verdadero significado cuando el público entra en contacto con la organización. Ahí aparece la pregunta fundamental: ¿la experiencia confirma la promesa?
Si una empresa habla de cercanía pero resulta imposible comunicarse con ella, existe una contradicción. Si una institución afirma que las personas son su prioridad, pero sus procesos hacen sentir al usuario como un número, existe una contradicción. Si una organización habla de innovación, pero castiga sistemáticamente cualquier intento de hacer algo diferente, también existe una contradicción.
La comunicación puede explicar una decisión, pero difícilmente puede hacer coherente una decisión que contradice lo que la organización dice defender.
La reputación se construye con hechos
Durante mucho tiempo hemos asociado la reputación con la imagen que una organización proyecta. Hoy resulta cada vez más difícil sostener esa separación.
Los públicos tienen múltiples maneras de conocer lo que realmente ocurre dentro de una organización. Los colaboradores hablan, los clientes comparten sus experiencias, los estudiantes opinan, los ciudadanos comentan y las redes sociales permiten que una experiencia individual pueda convertirse rápidamente en una conversación colectiva.
Esta realidad también nos lleva a una reflexión que ya abordamos en Las organizaciones ya no controlan la conversación, pero sí pueden construir confianza, porque cuando los públicos tienen la posibilidad de contar sus propias experiencias, la organización deja de tener el control absoluto sobre lo que se dice de ella.
Esto significa que la reputación ya no depende solamente de la calidad del mensaje institucional, sino también de la coherencia entre ese mensaje y la experiencia que viven las personas, esta no puede sostenerse indefinidamente sobre una promesa que la realidad contradice.
Y aquí las relaciones públicas tienen un papel mucho más importante del que a veces se les reconoce: no solamente deben ayudar a comunicar lo que hace la organización, sino también a identificar las posibles brechas entre lo que la organización quiere proyectar y lo que sus públicos están experimentando.
El empleado también es un canal de comunicación
Existe una dimensión especialmente importante de esta conversación: la comunicación interna.
Una organización puede invertir grandes recursos en construir una imagen externa de cercanía, innovación, respeto o compromiso, pero si sus propios colaboradores viven una realidad completamente diferente, tarde o temprano esa contradicción terminará siendo visible. No porque los empleados tengan que convertirse en voceros oficiales, sino porque las personas también comunican a través de su comportamiento.
Un colaborador que atiende a un cliente, un profesor que recibe a un estudiante, un funcionario que responde una solicitud o un directivo que conversa con su equipo están representando, de alguna manera, a la organización.
Por eso la cultura organizacional no debería considerarse un asunto separado de la comunicación, lo que una organización hace internamente termina teniendo consecuencias en la manera como es percibida externamente.
Cuando el proceso contradice el mensaje
Hay contradicciones que no aparecen en una campaña, sino en los procesos.
Esto también ocurre cuando las organizaciones incorporan Inteligencia Artificial y automatización a sus procesos de comunicación. La tecnología puede mejorar enormemente la relación con los públicos, pero cuando se implementa sin suficiente criterio puede terminar generando nuevas barreras. Sobre este tema reflexionamos en Los siete errores que siguen cometiendo las organizaciones cuando utilizan inteligencia artificial para comunicar.
Una empresa puede decir que valora el tiempo de sus clientes, pero diseñar procedimientos innecesariamente complejos. Puede hablar de transparencia y, al mismo tiempo, utilizar un lenguaje que nadie entiende. Puede promover la escucha y mantener canales donde resulta prácticamente imposible obtener una respuesta. En estos casos, el problema no se resuelve cambiando el mensaje. Hay que cambiar la experiencia.
Esta diferencia es fundamental para quienes trabajamos en comunicación estratégica. No todo problema de comunicación se soluciona comunicando más. Algunas veces la solución consiste en modificar un proceso, simplificar una decisión, capacitar a una persona, mejorar un canal o corregir aquello que está generando la inconformidad.
La comunicación también debe tener la capacidad de decirle a la organización: “El problema no está en cómo lo estamos contando; está en lo que estamos haciendo”.
La coherencia también se gestiona
Aquí es donde las relaciones públicas adquieren una dimensión estratégica. Si las entendemos como gestión de relaciones entre una organización y sus diferentes públicos, entonces la coherencia entre discurso, comportamiento y experiencia debería ser una preocupación permanente.
Esto implica escuchar antes de comunicar, identificar expectativas, reconocer posibles riesgos y llevar las percepciones de los públicos hacia los espacios donde se toman decisiones.
El profesional de comunicación no debería limitarse a recibir una decisión terminada para convertirla en un mensaje atractivo. También puede preguntar, antes de que la decisión ocurra: ¿cómo será recibida?, ¿qué contradicciones puede generar?, ¿qué experiencia producirá?, ¿qué públicos pueden verse afectados?
Ahí es donde la comunicación deja de ser una función de difusión y empieza a convertirse en una herramienta de gestión.
No todo silencio es neutral
También debemos hablar de lo que las organizaciones deciden no comunicar.
Hay momentos en los que guardar silencio es prudente porque todavía no existe información suficiente. Pero existen otros en los que el silencio puede ser interpretado como indiferencia, evasión o falta de responsabilidad.
El silencio también necesita contexto. Una organización que no puede dar todavía una respuesta puede decirlo. Puede explicar que está verificando la información, que necesita tiempo o que comunicará cuando tenga datos confirmados.
Muchas veces, reconocer que todavía no se tiene una respuesta genera más confianza que ofrecer una respuesta incompleta solamente para llenar el silencio.
La pregunta que deberíamos hacernos
Tal vez antes de aprobar una campaña, publicar un comunicado o diseñar una estrategia para redes sociales deberíamos formular una pregunta muy sencilla: ¿La experiencia que estamos ofreciendo confirma lo que estamos diciendo? Si la respuesta es sí, tenemos una oportunidad para fortalecer la confianza.
Si la respuesta es no, quizás el trabajo del comunicador no debería comenzar escribiendo el mensaje, sino sentándose con quienes toman las decisiones para entender qué debe cambiar. Porque comunicar bien no significa solamente encontrar las palabras correctas, también significa tener algo coherente que decir.
Lo que hacemos también habla
La comunicación contemporánea nos obliga a ampliar nuestra mirada. Ya no podemos pensar únicamente en campañas, medios, redes sociales, contenidos o canales, porque cada contacto entre una organización y sus públicos produce una experiencia y, por tanto, transmite información sobre quiénes somos.
Una organización comunica cuando responde y cuando no responde, cuando cumple y cuando incumple, cuando escucha y cuando ignora, cuando facilita un proceso y cuando lo convierte en un laberinto. Por eso la confianza no puede construirse solamente desde el discurso. Se construye cuando lo que decimos encuentra respaldo en lo que hacemos.
Y quizás esta sea una de las tareas más importantes para quienes trabajamos en comunicación y relaciones públicas: ayudar a las organizaciones a comprender que la mejor estrategia de comunicación no siempre consiste en encontrar una manera más convincente de contar lo que hacen.
A veces consiste en conseguir que lo que hacen sea digno de ser contado.
Comunicación que construye confianza
Este artículo hace parte de la serie “Comunicación que construye confianza”, una reflexión sobre el papel estratégico de la comunicación, las Relaciones Públicas y la tecnología en las organizaciones contemporáneas.



